Linea 4

Capítulo 1

La Niebla

 

Esa noche salió tarde de la oficina técnica, ese nuevo proyecto le estaba desquiciando y le rebotaba en la cabeza cual golpes de martillo en yunque.

Llevaba meses trabajando en ese nuevo proyecto que sin motivo aparente, se le estaba atragantando a la vez que envejeciendo.

Tres días con sus tres noches enclaustrado en la pequeña oficina de la calle Marqués de Murrieta, en su pequeño estudio de arquitectura y ni un trazado que le valiera la pena. Ese viejo hospital debía de volver a ser el bastión que fue. Fórmulas y más fórmulas en los cristales de las ventanas otrora lúcidas y que hoy parecen opacas de tanto garabato. Hoy ya lo dejaba por un tiempo, se marchaba a casa.

Tenía ganas de volver, darse un baño caliente y tomarse un buen caldo de verduras aliñado con unas gotitas de buen fino de Jerez. Y dormir…dormir. Necesitaba como nunca el abrigo del sueño, más que nada en el mundo. Hacía tanto que no descansaba…

No podría recordar el momento exacto, pero desde que comenzó el proyecto del hospital, hace ya dos años, no cesaban los terrores nocturnos, las pesadillas. Los médicos le aconsejaron tranquilidad, unos días de asueto y un millón de píldoras multicolor, como fiel remedio contra la ansiedad.

En la calle la densa niebla ocupaba todo el horizonte, imaginaba que la estación de metro estaría vacía, si no cerrada ya, por lo que se inclinó por intentar coger un taxi.

Las calles dormían en la hora donde las brujas toman el té, la bruma hacía encoger a las farolas y pululaba por la ciudad como única compañera. Mientras esperaba ver las luces de algún taxi que lo llevara a su lugar de olvido, comenzó a caminar lentamente.

En el silencio de la noche, los ínfimos ruidos le parecían multitud de megahercios enclaustrados, amenazando con reventar en su cabeza, el corazón volteaba redobles, boom, boom… El pánico volvía, se retrotraía al Londres del destripador y temblaba de miedo y fiebre.

Dio media vuelta y recorrió lo andado para colarse corriendo y sudoroso en la estación de metro, que por sorpresa permanecía abierta, aunque solitaria.

Pasados cinco espesos minutos, un oxidado chirriar de acero, indicaba que se aproximaba el tren.

“Bien”, se dijo, “sólo seis estaciones y en casa.”

En lo que pareció una eternidad, la máquina se detuvo en el andén número 2 de la línea 4, nadie viajaba en él exceptuando claro está a un maquinista serio y con cara de catador de limón.

Una vez acoplado cerca de la puerta, auriculares colocados, Corazón de Mimbre, de Marea en el mp3, se dispuso a cerrar los ojos, para en los escasos veinticinco minutos que le separaban de su destino, intentar relajarse.

 

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